Cómo hacer para HACER lo que de verdad nos importa

Cómo hacer para HACER lo que de verdad nos importaA quién no le gustaría disponer de más tiempo para hacer cosas nuevas e inesperadas, tomarse un respiro y vivir la vida de manera más relajada. Y tal vez también para ser mucho más creativo y encontrar nuevos y mejores modos de hacer las cosas, tener ideas e, incluso, inspiración.

Pero la mayoría de nosotros estamos sobresaturados, a veces con una sobrecarga del 100 %. Esto es así porque pasamos más tiempo en el trabajo e incluso nos lo llevamos a casa. El trabajo invade nuestra vida personal de manera constante. Además, la crisis ha traído consigo nuevas presiones, como los despidos, las reducciones de plantillas, etc.

¿Cómo vamos a hacer frente a todo esto? Existe un camino para salir de esta situación, y para encontrarlo lo único que tenemos que hacer es APRENDER HACER MENOS.

Hagamos las cosas más importantes

Imaginemos una columna de ladrillos en cuya base están las cosas que tenemos que hacer (compra, ir a trabajar…). Sobre ellas, colocamos las que nos gusta hacer (cocinar, salir con amigos, cenar con la pareja…) y, después, las que detestamos hacer (esperar colas, estar en un atasco…). Y, encima de todas, las cosas que de verdad nos encanta hacer, como ir a clase de salsa, aprender a pintar, tocar un instrumento, viajar o poner en marcha su propio negocio.

Ahora, imaginamos una segunda columna con las cosas que realmente haremos, es decir, las cosas extraídas de los cuatro segmentos anteriores que de verdad acabaremos haciendo. Para la mayoría, la segunda columna es mucho más baja que la primera. La altura de la segunda dependerá de la motivación, la ambición, la organización, la eficiencia o simplemente la edad: llega un momento en el que nos damos cuenta de que la vida no es infinita.

Libros como Organízate con eficacia de David Allen pretenden enseñarnos a aumentar la altura de la segunda columna. No obstante, el problema básico y auténtico (que la primera columna es mucho más alta que la segunda), no se solucionará. Hagamos lo que hagamos, lo que tenemos que hacer rebasa el tiempo del que disponemos para hacerlo.

Lo cierto es que nunca conseguiremos hacerlo todo. O en otras palabras, nunca haremos desaparecer la primera columna de ladrillos. Desde este momento y para siempre, tenemos que echar por la borda la idea de que es posible hacer todo lo que es necesario para liquidar la lista. Cuando comprendamos e interioricemos la verdad de esta afirmación, sucederán dos cosas muy interesantes.

  • En primer lugar, sentiremos una gran liberación al darnos cuenta de que salir del trabajo dejando cosas sin hacer es algo inevitable y que, por consiguiente, no debemos sentirnos culpables por ello. Si no vamos a hacerlo todo, cada vez que decidamos cómo emplear nuestro tiempo deberíamos preguntarnos “¿Por qué tendría que dedicar mi precioso tiempo a esto?”.
  • En segundo lugar, seremos más responsables, ya que tendremos que tomar decisiones importantes. ¿Qué cosas vamos a dejar de lado? ¿Cómo vamos a tomar esa decisión?

Un error frecuente a la hora de encajar la primera columna de ladrillos en la segunda es eliminar la que de verdad nos encanta hacer y lo que nos gusta hacer. El resultado es la pérdida de equilibrio entre la vida y el trabajo, con lo cual la situación empeora. De modo que en vez de vaciar uno o dos montones, un ejercicio sin sentido, hagamos algo muchísimo más inteligente: vamos a hacer las cosas más importantes de cada uno haciendo menos de todo.

Pero ¿cómo puede haber algún poder en hacer menos? Para empezar, veamos un buen ejemplo. Normalmente pensamos que, cuando un nuevo CEO se incorpora a una organización, lo que haga en sus primeros cien días determinará su éxito final. Sin embargo, en 2012, un artículo publicado en la Harvard Business Review titulado “Five Myths of a CEO’s First 100 Days” quizá nos dé que pensar. El artículo sostiene que quizá lo más productivo sea hacer menos y pensar más.

Como dijo el escritor chino Lin Yutang, “además del noble arte de hacer las cosas, está el noble arte de dejarlas sin hacer. La sabiduría de la vida consiste en eliminar lo que no es esencial”. Ha llegado la hora de aceptar que hay algunas cosas que nunca haremos. Repítanoslo en voz alta: “Hay muchas cosas que no voy a hacer hoy”.

Como dijo el químico británico John Hail Gladstone, “para comprender la vida de un hombre es necesario saber no solo lo que hace, sino también lo que deja de hacer a propósito. (…) Es sabio el hombre que no malgasta ninguna energía en actividades para las que no está dotado; y todavía más sabio el que, de entre todas las cosas que puede hacer bien, elige y practica absolutamente las mejores”.

Es sabio el hombre que no malgasta ninguna energía en actividades para las que no está dotado; y todavía más sabio el que, de entre todas las cosas que puede hacer bien, elige y practica absolutamente las mejores

Imaginemos que estamos sentados  en una silla desplomados sobre el escritorio, situado en el fondo de un cilindro gigante. La gente arroja cosas desde arriba. El jefe y los compañeros tiran peticiones y cosas “que solo nos llevarán un minuto”. En casa, los miembros de nuestra familia también lo hacen, y los amigos. Todo le cae sobre nuestra espalda. No es extraño que estemos desplomados.

Ahora, imaginemos que el escritorio está en el fondo de un embudo que tiene dos filtros. Algunas cosas quedan en el primero (cosas que no hacer) y otras en el segundo (cosas innecesarias). Ahora ya no estamos desplomados, sino erguidos y sonrientes, porque ahora tenemos una vida en la que hacemos lo que importa.

Ahora ya no estamos desplomados, sino erguidos y sonrientes, porque ahora tenemos una vida en la que hacemos lo que importa.

A la hora de saber qué es lo importante, debemos recordar que hacer más cosas más deprisa no equivale a hacer las cosas que importan, así que evitemos encaminarnos por rutas equivocadas. Es cierto que hay muchas personas que no saben cuáles son sus objetivos concretos. Por ejemplo, decir que su objetivo es “completar los proyectos” o “tener contentos a los clientes” plantea problemas enormes, porque es probable que no sea capaz de saber si realmente lo ha cumplido. Y, lo más importante, el jefe tampoco lo sabrá.

En mis cursos de formación propongo que los objetivos sean cuantificables, por ejemplo “alcanzar la meta de 300 000 euros en ventas mensuales”. La ventaja de este enfoque es que haremos cosas que nos llevarán a la realización de los objetivos y soslayaran las que no nos conduzcan a ellos.

A continuación ordenamos estos objetivos concretos por el nivel de prioridad. ¿Cuál es el objetivo de tu puesto? Esta será tu gran prioridad.

Pero, además del trabajo, existe nuestra vida general. Solo tenemos una oportunidad, así que más nos vale llevar la vida que queríamos y no otra que pensemos que nos ha sido impuesta. Si no sabes qué vida quieres llevar o la has perdido de vista, puedes comenzar realizando el siguiente ejercicio.

Imagina que se te has enterado de que te quedan exactamente tres meses de vida. Concédete cinco minutos, ni más ni menos, y redacta una lista de todas las cosas que querrías conseguir o experimentar en esos noventa días.

y redacta una lista de todas las cosas que querrías conseguir o experimentar en esos noventa días.

Pero resulta que existe una cláusula según la cual si se dedica todo el tiempo necesario a hacer solo tres cosas, vivirá.

A continuación identifícalas y así comenzaras a saber qué es lo que realmente te importa.

Otra forma de averiguar qué queremos realmente, qué es lo importante para nosotros, es describir el día, semana, mes o año ideal. Las baterías de preguntas que te propongo a continuación pueden ayudarte a saberlo. En primer lugar, ¿dónde y con quién viviría? ¿En qué casa? ¿Trabajaría? ¿Dónde y con quién? ¿Qué cometido tendría? ¿Se desplazaría para llegar a su puesto de trabajo? ¿Cuánto dinero tendría en la cuenta bancaria?

En segundo lugar, ¿qué cosas compraría? ¿Cómo sería tu noche típica? ¿Cocinarías o saldrías a cenar fuera? ¿Cuál sería la diferencia entre los días entre semana y los fines de semana? ¿Tendría ganas de que llegase el lunes? ¿Estaría más ocupado que ahora? ¿Más tranquilo? ¿Disfrutaría de más tiempo libre o de calidad? ¿Se tomaría más vacaciones? ¿Cuántas más?

Los filtros

Es de esperar que ya tengamos realmente claro qué es lo importante para cada uno de nosotros. Ahora necesitamos los filtros para eliminar todo lo que no sea importante. Será algo muy agradable que, además, nos permitirá comenzar a hacer lo que deseamos con el mínimo esfuerzo posible o como queramos hacerlo.

Filtro número uno: hacer o no hacer.

Filtro número uno: hacer o no hacer.Este es el momento en el que tomamos las decisiones cruciales acerca de las cosas a las que  dedicaremos —y a las que no dedicaremos— nuestro precioso tiempo. Por tanto, en primer lugar debemos priorizar rabiosamente sin confundirnos. Priorizar consiste en tomar una lista de cosas que hacer y preguntarse: si tuviera que hacer una sola cosa, ¿cuál sería? Esa es nuestra prioridad número uno. Y así sucesivamente.

Puede que te ayude dividir todo lo que tienes que hacer entre lo sumamente importante y lo que no lo es. En tu trabajo, quizás debas llegar a un acuerdo con tu jefe. A continuación, prioriza el grupo de lo sumamente importante y hacemos desaparecer el resto. Y, constantemente, nos ceñimos conscientemente a hacer solo lo importante y cuestionamos qué es lo importante.

De este modo, cuando nos pidan que hagamos algo sumamente importante, le dedicaremos tiempo, energía, entrega, destreza, experiencia, conocimiento, pasión, buena voluntad e incluso amor. Por el contrario, si lo que nos piden no es importante, hagamos que desaparezca y seamos muy estrictos.

Si hay algo en nuestro trabajo o en nuestra vida que no creamos que sea una buena inversión de tiempo, es momento de poner a prueba esta teoría.

Para ello, al final de cada día hacemos una lista de las cosas que hay que hacer al día siguiente y le asignamos una de estas tres categorías:

  1. Tengo que hacer esto mañana y no puedo irme a la cama sin haberlo hecho.
  2. Estaría bien hacer esto mañana, pero no es obligatorio.
  3. Puedo delegarlo.

Cuando llegamos al trabajo, hacemos todas las A y todas las C. ¿Y qué pasa con el grupo B? Si no se tiene que hacerse de inmediato, es cosa del futuro, y si es algo del futuro quizá las circunstancias cambien y al final no tengamos que hacerlo. ¿Y si alguna A se queda por hacer? Quizá no fuera una A. ¿Y si surge algo nuevo durante el día? Categoricémosle y actuemos en consecuencia.

Además, es importante decir “no” a las cosas que no sean sumamente importantes. Cada vez que lo consigamos será una victoria, y cada vez que fracasemos nos deberemos preguntar por qué y decidir cómo no volver a fracasar. El objetivo de todo esto es claro: hacer desaparecer las cosas que no consiguen pasar el primer filtro, ya que hay cosas que no deberían hacerse en absoluto.

Para que algo desaparezca es preciso negarse a hacerlo de forma amable. Decir que no podemos hacerlo por razones personales, alegar que no somos expertos en la materia, pedir tiempo para pensarlo o exponer que hacer una cosa significará no poder hacer otra son mecanismos útiles para negarse a hacer algo. También podemos recurrir a la descripción del puesto, a que tenemos mucho trabajo y un plazo de entrega urgente, a que tenemos un compromiso anterior. En ese caso, debemos añadir que no podremos hacerlo hasta dentro de un tiempo, cuando sea, o hasta la semana que viene. Un ejercicio interesante puede ser elegir cinco formas de negarse amablemente y practicar cada una al menos una vez al día.

También podemos recurrir a métodos que indiquen que no queremos que nos molesten.

¿Y cuándo se trata de cribar a quienes malgastan el tiempo? Remitir a los demás al correo electrónico. Si alguien no está dispuesto a escribirnos sobre algo, seguramente el asunto desaparecerá. Y si alguien no deja un mensaje de voz en el teléfono, es porque el tema no es tan importante. Dos recursos útiles más son poner en duda cada plazo que nos den, por ejemplo, doblándolo. Diga que no está seguro de poder hacerlo en el plazo que le proponen. Por último, debemos ocuparnos de cada correo electrónico solo una vez. Respondemos, reenviemos, archivemos o borremos, pero no lo dejamos languideciendo en la bandeja de entrada, donde solo continuará atormentándonos.

¿Qué pasa si el trabajo es totalmente imprevisible? Durante cinco días anotamos cuánto tiempo empleamos en interrupciones, obtenemos la media y sabremos cuántas horas gastamos como promedio en atender interrupciones. Si, por ejemplo, el resultado es cuatro, incluyamos esas horas en el programa diario y anotémoslas, porque es posible que el número varíe con el tiempo.

Filtro número dos: hacerlo a nuestra manera.

Aunque este filtro pueda parecer muy sencillo a simple vista, nos dará un poder inmenso. Se trata de garantizar que cuando hagamos algo, lo hagamos tan eficientemente como sea posible, con la mínima pérdida de tiempo, esfuerzo, energía, recursos y dinero, con el mínimo de sorpresas desagradables e imprevistos y, cómo no, con el mínimo estrés.

Para empezar, cuando nos pidan cosas,  debemos pensar que haya razones perfectamente buenas para que en la empresa quieran ciertas cosas, pero si no se pueden conseguir, tenemos que comunicarlo.

El filtro número dos nos dice que un poco de planificación siempre es mejor que tener que correr para apagar fuegos. Recordemos que el objetivo de la planificación es que las cosas se hagan sin problemas, en el menor tiempo posible y sin contratiempos.

Por eso, a la hora de planificar, pensemos en el tiempo o fecha en que algo debe estar hecho, en el presupuesto, en las limitaciones de recursos o de personal, y en la escala del trabajo. Si la petición la originamos nosotros, entonces nosotros mismos fijamos las condiciones. No debemos lanzarnos de cabeza a cualquier petición, debemos tomarnos nuestro tiempo para planificar, porque un proyecto es como un viaje hacia un destino. Necesita un mapa.

Según mi experiencia, la principal razón por la que los proyectos fracasan es que, para empezar, nunca fueron posibles, así que toma alguna petición reciente y planéela como he descrito antes. ¿Cuál es la meta? ¿Quiénes están afectados? ¿Qué esperan conseguir del proyecto y cuál sería para ellos un buen resultado? Ahora anota las etapas y no tomes atajos, escríbalo todo. ¿Hay algo que no habría descubierto si hubiera seguido adelante sin plan?

Elimina la culpa y adquiere buenos hábitos

Si vas a empezar a hacer menos, quizás te sientas culpable si sales a tu hora en el trabajo mientras que los demás se quedan más tiempo. También puedes sentirte mal por concederte oasis de tiempo, ya que deberías estar haciendo algo. Si te ocurre, recuerde que la mayoría de nosotros se resiste a los cambios, y que esos cambios pueden provocar desaprobación. Además, preocuparnos por cosas sucedidas en el pasado y que ya no se pueden cambiar es una de las cosas más tontas y menos productivas que hacemos.

Es casi seguro que hacer menos acarreará la sensación de ser perezoso, de no ser un buen miembro del equipo, de escurrir el bulto y de dejar que los demás carguen con más de lo que les corresponde. Para enfrentarnos a estos sentimientos, debes aprender a distinguir entre la culpa y aprender de nuestros errores. Responsabilízanos de lo que hacemos y entender que si estamos sobrecargados de trabajo el culpable somos nosotros.

Elimina la culpa Y, cuando sintamos culpa, anotar a qué se ha debido, cuándo ha sucedido, por qué y quién estaba involucrado. ¿Se produce con regularidad? Si es así, pregúntate por qué aparece la culpa y qué puedes hacer para ponerle fin. También es posible que la culpa sea siempre por lo mismo, por ejemplo salir a tu hora del trabajo. Pero ¿acaso no te sentiste bien después? Si olvidamos la culpa una vez, podemos volver a hacerlo. Vivamos según nuestros valores, no los de los demás.

¿Y qué hay de la búsqueda de aprobación? Es algo casi inevitable, como lo es que, incluso cuando lo que hacemos es inmensamente popular, siempre habrá personas a las que no les gustará. Así que no te bloquees o piensa que no puedes avanzar hasta conseguir una aprobación unánime, y tampoco te acobardes cuando recibas comentarios maliciosos.

Enfréntate a ellos sin dudarlo con comentarios como “Hice todo lo importante y me fui a casa, no me ocupo de cosas sin importancia”, “Tendrías que probarlo alguna vez” o “Si quieres, te enseñaré cómo hacerlo”. Si alguien se enoja o deja de hablarte, explíquele lo que haces y por qué. Muéstrale el inmenso valor de vivir la vida que te estaba destinada y ofrécele tu ayuda. Un modo de enfrentarse a la desaprobación es buscar modelos de conducta. En mi caso, yo suelo recurrir a Winston Churchill, primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial y que dijo: “¿Tiene enemigos? Eso es bueno. Significa que ha defendido algo en algún momento de su vida”.

adquiere buenos hábitosLa próxima vez que notes resistencia por parte de alguna persona cuando hagas menos, imagina qué habrías hecho alguien a quien admires de verdad en su lugar. ¿Habría cambiado de postura? ¿Se habría disgustado? ¿Habría seguido a la gente? ¿Habría dicho “sí” cuando quería decir “no”? ¿Y se habría dejado intimidar? La aprobación de los demás es agradable, pero irrelevante.

Te reto a que pases un día haciendo menos, es decir, haciendo lo que importa realmente, y cuando alguien lo desapruebe, enfréntate a ello de inmediato. No es algo fácil y podría sentirte diferente y tener la impresión de haber sido otra persona a lo largo del día. Eso es bueno. Al final del día, anota lo sucedido, cómo reaccionaron los demás, qué hiciste, cómo te sentiste entonces y cómo te sientes ahora.

Los siguientes ejercicios te ayudarán a experimentar el pleno e impresionante poder de hacer menos:

  • Vuélvete más creativo/a. Para ello, encuentra un lugar en el que no te molesten y dedica 90 minutos a dejar de hacer los quehaceres cotidianos que absorben tanto tiempo. Crea un oasis de tiempo en el que surgirá la creatividad.
  • Vegeta un poquito. Cuando te llame tu holgazán interior, responde. Los viernes son mi noche favorita para hacerlo. Ni cocinar ni hacer esfuerzos. Desconecta tu máquina de productividad para ponerla de nuevo en marcha cuando llegue el próximo día de trabajo.
  • Deja de trabajar. Los viernes por la tarde, yo solo quiero divertirme. En el trabajo, dejo de hacer cualquier tarea como es debido y leo cosas que quería leer o repaso pensamientos que he tenido. Reviso la semana y pienso en la que viene, me planteo grandes preguntas e intento ver las cosas con una mirada limpia.
  • ¿Trabajar por tu cuenta? Sí, pero no 100 horas a la semana. Si trabajas por su cuenta, las tres prioridades son la liquidez, darles todo a los clientes actuales y buscar clientes nuevos. No deberías hacer nada que no figure en esta lista.
  • Di “no” cuando deleguen cosas en ti. Durante todo un día rehúsa una de cada dos cosas que te pidan.
  • Recupera tus fines de semana. ¿Qué parte del fin de semana dedicas a trivialidades o a nada en particular? Planea tu próximo fin de semana para que contenga mayormente cosas realmente importantes y pregúntate continuamente por qué debería dedicar mi precioso tiempo a algo determinado.
  • Desconecta portátil, tableta, teléfono y televisión en un momento fijo durante una semana. Disfrutaras de más tiempo para relajarte, dormirás mejor y te centrarás en alguna cosa que es preciso hacer. Te sentirás mejor.
  • Medita y despeja su mente. Puede ser yoga, sacar a pasear al perro o practicar natación. Encuentre algo que te permita sosegar tu mente y entrar en contacto con tu subconsciente.
  • Haz solo aquello que te importa de verdad. Todos los viajes comienzan con un paso. ¡Ahora es el momento de empezar!

Conclusión

Conclusión

Si has respondido a los retos de hacer menos, habrás conseguido librarte de una pesada carga. Seguirás haciendo un montón de cosas, pero ahora eres tú quien decide a qué dedicarás tu precioso tiempo, tu preciosa vida, ya que habrás logrado claridad. Cuando dediques tu tiempo a lo que importa de verdad, te sentirás lleno de ánimo y energía. En cambio, si dedicas tu tiempo a trivialidades, te encontrarás exhausto.

Con la claridad llega la perspectiva. Las cosas que parecían remotas e inalcanzables, estarán focalizadas y serán alcanzables. Tendrás tiempo para hacer las cosas como es debido en lugar de ponerles parches. Y por eso estarás menos estresado/a, porque tendrás tiempo para todo. Y si no haces algo, es porque no importa, o mejor dicho, porque nunca importó. La ira, la tensión y la ansiedad se desvanecerán y te convertirás en una máquina de productividad, pero no hiperactiva. En definitiva, serás más feliz sin tener que hacer más cosas, sino menos.

Rita González

Psicoterapeuta