Cómo educar estableciendo límites

Cada vez son más numerosos los padres y madres con niños muy pequeños  que se quejan de que sus hijos no les obedecen, no saben cómo controlarles,  y que se enfrentan a muchas situaciones en las que se comportan como pequeños tiranos que mandan sobre sus propios progenitores.

Cómo educar estableciendo límites

Muchos de estos casos están reflejando un problema educativo muy frecuente en nuestros días: la dificultad de muchos padres y madres para poner límites firmes y eficaces a sus hijos e hijas desde sus primeros años.

El niño tiene que aprender que rebasar los límites puede traer consecuencias negativas para él. Esas consecuencias deben ser proporcionadas y, a poder ser, inmediatas para que lo entienda perfectamente.

Una madre o un padre con autoridad saben establecer unos límites y consecuencias claros para ayudar a sus hijos  a adquirir unas normas que debe aprender a respetar. Los psicólogos aconsejamos marcar ciertos límites desde el primer momento para después ir creando hábitos, ya que la existencia de unas normas aporta seguridad a los niños.

Cómo educar estableciendo límites

El problema es que muchos padres creen  que ponen límites a sus hijos,  y en realidad lo que establecen son límites blandos.

¿Qué son los límites blandos?

R.J. MacKenzie en su obra “Poner Límites. Cómo educar a niños responsables e independientes con límites claros” los define como “Cuando NO significa SI, A VECES, o QUIZÁ”. Es decir, le estamos diciendo ‘No’ al niño, pero al no hacerlo con firmeza, el resultado es que éste sigue portándose mal, no obedece, discute, etc.

Un ejemplo cotidiano y muy común del establecimiento de un “límite blando” es cuando los padres y madres tienen que repetir una y otra vez las cosas al niño y hasta que no le dan un grito, éste no termina de hacerles caso.

Establecer límites firmes no significa emplear castigos u otros métodos punitivos sino, al contrario, actuar con serenidad pero con firmeza y de manera consistente.

¿Qué son los límites blandos?

¿Cómo podemos establecer límites eficaces:

1.- El mensaje o la norma debe centrarse sobre la conducta:

Si queremos que un niño o niña haga o deje de hacer algo hay que decírselo con claridad, centrándonos en lo que queremos que haga o deje de hacer, es decir, en la conducta en cuestión, no en la actitud o en su valía. Por ejemplo, si el niño o la niña nos interrumpe cuando estamos hablando con otra persona habría que decirle “Espera a que termine de hablar” o “No me interrumpas cuando hablo con otra persona”, en vez de “No seas pesado” o “Compórtate como un niño mayor”.

El mensaje o la norma debe centrarse sobre la conducta

2.- Ser lo más concretos posible, es decir, ir al grano

3.- Hablar con calma, no hace falta gritar:

Dar las órdenes o instrucciones en un tono de voz normal puede trasmitir más firmeza que dar un grito, que sólo significa que se empieza a perder el control en uno mismo.

Hablar con calma, no hace falta gritar

4.- Si es necesario, fijar la consecuencia que traerá consigo el incumplimiento de la norma o límite:

Si pensamos que el adolescente puede saltarse la norma sería bueno el recordarle la consecuencia: ‘Ya sabes que si llegas más tarde de las 10 el próximo sábado no podrás salir’.

5.- Y lo más importante: actuar en consecuencia.

Un límite es firme si siempre lleva aparejada la consecuencia. La consistencia es el punto más importante del establecimiento de límites: cuando el niño sabe que siempre sus padres actúan como han acordado, tendrá en cuenta la norma y la respetará.

Rita González

Psicoterapeuta